El filósofo e historiador Oswald Spengler decía que cada cultura posee su manera de ver la naturaleza, de conocerla, o lo que es lo mismo: cada cultura tiene su naturaleza propia. De ello se deduce que cada cultura tiene su peculiar manera de ver y concebir la historia, en cuyo cuadro, en cuyo estilo, intuye, siente y vive inmediatamente lo general y lo personal, lo interior y lo exterior, el devenir histórico universal y el devenir biográfico.

Es interesante destacar que el alma antigua carece de memoria histórica, en el sentido que hoy hemos dado a este concepto. En la antigüedad no existe el tiempo, con la excepción de la cultura babilónica y egipcia, los cuales disfrutaban de una cronología rigurosa y una profunda percepción del pasado y el futuro.

Deberíamos tener en cuenta que el reloj es una creación de culturas mas tecnificadas. La humanidad antigua supo vivir sin relojes y lo hizo, en cierto modo, intencionadamente. Hasta después del emperador romano Augusto la hora se computaba por la longitud de la sombra.

Sin embargo, a diferencia de otros pueblos de la antigüedad, tal como los griegos o los indios, la cultura egipcia conservó su pasado en la memoria, en la piedra y en los jeroglíficos. Y lo hizo de manera tan consciente que hoy, transcurridos cuatro mil años, podemos determinar con exactitud los números de sus reyes y dinastías.

Según Spengler, actualmente existen varios ejemplos de culturas realmente avanzadas, tal como la cultura egipcia del Imperio Antiguo desde el año 3000 AC o el Estado chino primitivo de los Chu. En Egipto existió una organización económica de estilo portentoso, la cual estaba encaminada a crear relaciones económicas durables, a través de la educación del individuo en el cumplimiento del deber para con la comunidad, y por su vocación al trabajo, que afirma el tiempo y el futuro.

Junto al símbolo del tiempo, también podríamos destacar el de las diferentes formas de sepelio, santificadas por el culto y el arte de las grandes culturas. El gran estilo comienza en la India con los templos funerarios y continua en Egipto, con las pirámides y en el cristianismo primitivo con las catacumbas y los sarcófagos.

El lenguaje de todo gran simbolismo va unido al culto de los muertes, a la forma del enterramiento, al adorno de la tumba. El estilo egipcio se inicia en los templos-sepulcros de los faraones. Para el egipcio, la pirámide que se alza sobre la tumba es un triángulo, una enorme superficie que cierra el camino y domina el paisaje. De hecho, el camino sagrado, imagen de la vida, que va desde la puerta hasta la cámara mortuaria, es un río, en el Nilo mismo, que se identifica con el símbolo primario de la dirección.

Spengler añade que el estilo egipcio es la expresión de un alma valiente. Su rigor y su gravedad no fueron nunca sentidos ni acentuados por los egipcios mismos. El egipcio tenía una adoración espiritual por las formas ya muertas, pero que eran consideradas como eternas. Todas las culturas, a excepción de la egipcia y la china, han crecido bajo la tutela de las impresiones que recibieron de otras culturas más antiguas.

Según el erudito Wallis Budge, de todos los pueblos de la antigüedad, ninguno ha manifestado por el misterio de la muerte un interés tan apasionado y exclusivo como el egipcio. El rito mortuorio, en las primeras épocas privilegio de los reyes o altos funcionarios, pronto se trasladó a todas las capas sociales: todo ser normal ambicionaba poseer las «Palabras de Potencia», las fórmulas para devenir un dios, para sobrevivir en la tumba. Los parientes del muerto solicitaban a los escribas una selección de conjuros que, en forma de rollos, colocaban en su tumba.

El Antiguo Egipto estaba fascinado por el Misterio de la Muerte. El Universo todo es un gran sarcófago, inmenso, cósmico. En el centro se encuentra Osiris, muerto y momificado, derrotado por las fuerzas del Mal. Sólo los otros dioses actúan, vengan a Osiris, pero son arrastrados por los peligros y a veces mueren. Las diosas viven sollozando y lamentándose. Una atmósfera lúgubre, funeral se extiende sobre toda la vida egipcia.

Como explica Fletcher Joann, la historia de Osiris e Isis posiblemente sea la más importante leyenda egipcia. Empieza con la creación del universo y finaliza con la invención de la momificación, entretejiendo diferentes hebras del mito a fin de explicar la condición humana y la existencia de la muerte, la generación de nueva vida a partir de la muerte en un ciclo eterno, la interacción de los mundos humano y divino y la sucesión de cada faraón en línea descendente desde los dioses. La historia puede remontarse hasta el mito de la creación de Heliópolis, que el clero del dios sol adaptó con habilidad para incluir el importante y creciente culto a Osiris.

Siguiendo los dramáticos comienzos del mundo, los hijos del dios sol, Shu y Tefnut, tuvieron a Geb y Nut, que a su vez tuvieron a Osiris, Isis, Set y Neftis. Nacido cerca de Menfis, Osiris era el mayor de cuatro hermanos, y heredó el reino de la tierra de manos de Geb. Bajo el reinado de Osiris e Isis, su hermana y consorte, la humanidad vivía bendecida en paz y prosperidad.

Joann sigue explicando que la explicación más completa hasta hoy desde el periodo dinástico de la historia egipcia referente a la muerte y resurrección de Osiris la encontramos en el Gran himno a Osiris. Este texto fue inscrito en una estela construida por un sacerdote del Imperio nuevo llamado Amenmosis, supervisor del ganado de Amón en lebas, y su esposa Nefertari. El himno concluye con las siguientes palabras:

« … Haciéndole sombra con sus plumas,
dándole aire con sus alas,
se volvió a unir a él,
acabando con la inercia de su cuerpo,
recibió su semilla para dar a luz al heredero»

Osiris aparece representado con sus emblemas reales: el báculo, el mayal y el atef (corona con plumas). Su piel es verde, el color de la nueva vegetación, y simboliza la fertilidad y la regeneración. Los mitos de Osiris explican la existencia de la muerte y la manera en que la nueva vida surge a partir de aquélla.

Joann añade que el acceso a los templos egipcios estaba restringido al clero, los «sirvientes de los dioses», y sólo bajo su autoridad otras personas podían entrar. Sólo el rey, el supremo sacerdote de Egipto e intermediario entre los humanos y los dioses, podía penetrar en el santuario interior del templo para dirigirse a la sagrada imagen de la divinidad. Egipto tenía cientos de templos, por lo que delegaba en el sumo sacerdote de cada templo. Tras rasgar los sellos de arcilla que había en las puertas de bronce del santuario de madera de cedro del dios pronunciaba un himno para despertar el espíritu divino que residía en la estatua. Uno de estos himnos, el del templo de khnum en Esna, empieza así:

«Despierta con calma y en paz, despierta con calma y en paz, khnum, el antiguo, que surgió de Nun en paz, despierta en paz, gran khnum».

De los tantos conjuros recogidos en el Libro de los Muertos, el que trata sobre los Campos de la Paz relata con total detalle cómo se trabaja allí la tierra, y como se recolecta el trigo, cómo se come, se bebe y se convive, en síntesis, cómo se cumple allí todos los actos de la vida terrestre. Continua explicando como el Espíritu de los Reyes cruza el Lago y llega a la Ciudad de la Paz en donde reina la paz profunda, al ritmo de las estaciones, en sus posesiones entre sus dioses primogénitos. Finaliza, haciendo una alegoría a la paz:

« Yo soy el que organiza los movimientos en los Espacios de turquesa.
Aquí tenéis la Región del trigo y de la cebada. Entro en ella.
Mis servidores me traen aquí las ofrendas para los dioses.
Ato mi barca en un muelle del Lago celeste;
enseguida, caminando a lo largo de la orilla, la arrastro,
pronunciando las fórmulas mágicas
alabando a los dioses de los Campos de Paz… »

José Padró destaca que la práctica ausencia de enemigos exteriores favoreció la evolución en paz de la sociedad egipcia y de las estructuras que la encuadraban. Ello permitió que las escuelas de escribas desarrollaron un pensamiento humanista basado en la paz, el diálogo y la amistad, cuyas enseñanzas se recogen en el primer libro de la Historia que ha llegado completo hasta nosotros: Las Enseñanzas de Ptahhotep.

El libro consiste en un compendio de consejos cívicos y morales, y destaca por su carácter universal destinado a crear sociedades plurales y pacíficas. Sus consejos son y serán válidos en cualquier sociedad. Encontramos enseñanzas tan diversas como la humildad, el debate, el silencio, la crítica, el reconocimiento, la justicia, la comunicación, el buen gobierno, la imparcialidad, la indulgencia o la generosidad.

Podriamos concluir que Egipto posee méritos suficientes para ser considerada ni más ni menos que el lugar de origen de la llamada civilización occidental. Así, fenicios, griegos, romanos e, incluso, el pensamiento judeo-cristiano todavía tienen una enorme deuda con la cultura y la civilización egipcia. Su concepto de la paz se expandió por todo el Mediterráneo. Este legado sigue, en gran parte, todavía vigente en nuestros días y sociedades.

Fuentes : Paz sin Fronteras