Inmanuel Kant y la Paz Perpetua

Immanuel Kant (22 de abril de 1724 – 12 de febrero de 1804) fue un filósofo alemán, el cual es considerado como una figura central en la filosofía moderna. La influencia de Kant en el pensamiento occidental ha sido profunda. Más allá de su influencia sobre pensadores específicos, Kant cambió el paradigma sobre el cual se ha desarrollado la investigación filosófica. Logró un cambio de estilo: actualmente muy poca filosofía tiene como base la llamada filosofía pre-kantiana. Este cambio consiste en la introducción de determinadas innovaciones estrechamente relacionadas entre sí, las cuales se han convertido en axiomáticas, tanto en la filosofía misma como en las ciencias sociales y en las humanidades.

Tuvo influencia en Reinhold, Fichte, Schelling, Hegel y Novalis durante los años 1780 y 1790. La escuela de pensamiento conocida como idealismo alemán se desarrolló a partir de sus escritos.

La idea de la paz perpetua fue sugerida por primera vez en el siglo XVIII, cuando Charles-Irénée Castel de Saint-Pierre publicó su ensayo “Proyecto para la Paz Perpetua”. Sin embargo, la idea no llegó a ser conocida hasta finales del siglo XVIII. El término paz perpetua fue reconocido cuando Kant publicó su ensayo de 1795 “Paz perpetua: un bosquejo filosófico”.

La paz perpetua ha tenido una influencia significativa en la política moderna. La paz perpetua ha sido la base de los estudios sobre la paz y los conflictos, un campo relativamente nuevo que comenzó a desarrollarse en Europa a partir de los años cincuenta y sesenta. Además, dicho pensamiento ayudó a poner las bases para la creación posterior de la Sociedad de Naciones en 1919 tras la Primera Guerra Mundial.

Kant dijo en su libro sobre la Paz Perpetua que los pueblos, como Estados que son, pueden considerarse como individuos en estado de naturaleza – es decir, independientes de toda ley externa-, cuya convivencia en ese estado natural es ya un perjuicio para todos y cada uno. Todo Estado puede y debe afirmar su propia seguridad, requiriendo a los demás para que entren a formar con él una especie de constitución, semejante a la constitución política, que garantice el derecho de cada uno. Esto sería una Sociedad de naciones, la cual, sin embargo, no debería ser un Estado de naciones.

Añade que nunca se les ocurriría a los Estados hablar de derecho, cuando se disponen a lanzarse a la guerra, a no ser por broma, como aquel príncipe galo que decía: «La ventaja que la Naturaleza ha dado al más fuerte es que el más débil debe obedecerle.»

Kant también indica que la manera que tienen los Estados de procurar su derecho no puede ser nunca un proceso o pleito, como los que se plantean ante los tribunales; ha de ser la guerra. Pero la guerra victoriosa no decide el derecho, y el tratado de paz, si bien pone término a las actuales hostilidades, no acaba con el estado de guerra latente, pues caben siempre, para reanudar la lucha, pretextos y motivos que no pueden considerarse sin más ni más como injustos, puesto que en esa situación cada uno es juez único de su propia causa. Por otra parte, si para los individuos que viven en un estado anárquico tiene vigencia y aplicación la máxima del derecho natural, que les obliga a salir de ese estado, en cambio, para los Estados, según el derecho de gentes, no tiene aplicación esa máxima. Efectivamente; los Estados poseen ya una constitución jurídica interna, y, por tanto, no tienen por qué someterse a la presión de otros que quieran reducirlos a una constitución común y más amplia, conforme a sus conceptos del derecho.

Kant sigue diciendo que la razón, desde las alturas del máximo poder moral legislador, se pronuncia contra la guerra en modo absoluto, se niega a reconocer la guerra como un proceso jurídico, e impone, en cambio, como deber estricto, la paz entre los hombres; pero la paz no puede asentarse y afirmarse como no sea mediante un pacto entre los pueblos. Tiene, pues, que establecerse una federación de tipo especial, que podría llamarse federación de paz -fædus pacificus-, la cual se distinguiría del tratado de paz en que éste acaba con una guerra y aquélla pone término a toda guerra.

Por tanto, considerar el concepto del derecho de gentes como el de un derecho a la guerra, resulta en realidad inconcebible; porque habría de concebirse entonces como un derecho a determinar lo justo y lo injusto, no según leyes exteriores de valor universal limitativas de la libertad de cada individuo, sino según máximas parciales, asentadas sobre la fuerza bruta. Sólo hay un modo de entender ese derecho a la guerra, y es el siguiente: que es muy justo y legítimo que quienes piensan de ese modo se destrocen unos a otros y vayan a buscar la paz perpetua en el seno de la tierra, en la tumba, que con su manto fúnebre tapa y cubre los horrores y los causantes de la violencia.

Y finalmente, respecto al reconocimiento de la paz perpetua como un derecho, Kant dice que la comunidad -más o menos estrecha- que ha ido estableciéndose entre todos los pueblos de la tierra ha llegado ya hasta el punto de que una violación del derecho, cometida en un sitio, repercute en todos los demás; de aquí se infiere que la idea de un derecho de ciudadanía mundial no es una fantasía jurídica, sino un complemento necesario del código no escrito del derecho político y de gentes, que de ese modo se eleva a la categoría de derecho público de la Humanidad y favorece la paz perpetua, siendo la condición necesaria para que pueda abrigarse la esperanza de una continua aproximación al estado pacífico.